Angustias de Año Nuevo

No dejes que la verdad te arruine una buena historia

Frase atribuida a un editor periodístico

 

Años atrás, el uno de enero, recibí sucesivas llamadas de un número que no tenía registrado. No respondí ninguna, pero le escribí al desconocido que estaba fuera de Santiago y que volvía en un par de días.

Inmediatamente recibí un gracias por respuesta y acto seguido me preguntó si podía mandarme mensajes de voz. No contesté y aun así, durante días, acumulé extensos audios. Tras escuchar un par, le escribí a Antoine -así llamaremos a este nuevo cliente- pidiéndole que no me enviara más, pues me era imposible escuchar tantos. ¿Resultado? Recibí audios hasta el día de nuestra primera sesión, la primera del año nuevo.

Y ahí estaba el hombre de la voz. A las nueve en punto me esperaba en la puerta de mi consulta un hombre de unos 50 años aproximadamente. Tenía la cabeza y la cara totalmente afeitadas y unos intensos ojos azules que apenas me divisaron se clavaron en los míos.

  • ¿Sebastián?
  • ¿Antoine?

Recibí un firme apretón de manos y ahí me fijé en los enormes brazos de mi cliente y en su polera Ferrari extremadamente apretada. Acto seguido subimos las escaleras, abrí la puerta de mi consulta, hice lo mismo con la ventana y Antoine… ya estaba sentado esperándome.

Asiento.

Para mi sorpresa, era Antoine quien me invitaba a sentarme.

“La cagué viejo, la cagué. Sorry por todos los audios viejito, pero estaba desesperado. Cuando le conté a mi mina la cagada del Año Nuevo me echó de la casa y esta vez si que no tengo a donde ir. Más encima me agarré con mi hijo, ninguno de sus hermanos quiere hablarme y para qué te hablo de la mamá de los niños. Me quiere a kilómetros de distancia. Viejo, no sabía qué hacer, para dónde ir, y me tuve que quedar un par de días en el auto y en la oficina. Estoy arruinado y ya no tengo a donde caerme muerto”.

Al igual que en sus audios, Antoine habló sin parar. Transpiraba y con dificultad sacaba, del bolsillo de sus apretados jeans, un pañuelo para secarse la transpiración de la frente.

“Viejo, seguro que ya me cachaste, soy ansioso y estoy pa’ l gato. La Katy me echó y me dijo que no quiere saber nada más de mí y esta mina habla en serio. Es 15 años menor que yo, es regia, le va increíble en la pega, es simpática y en cuestión de segundos alguien seguro la rescata y yo cago para siempre. Por tarado, acelerado, por no pensar, por confiar en mi hijo”.

Silencio… primer silencio…

“No sé que hacer y más encima mi hijo se hace el ofendido. Es cierto, lo puteé todo el Año Nuevo. Lo dejé mal parado delante de sus amigos y me agarré con el que se me cruzara esa noche”.

Aproveché este segundo silencio para decirle a Antoine que la hora había terminado.

  • ¿No te puedo pagar otra al tiro?
  • No Antoine, hay otra persona esperando.
  • ¿Te tengo que pagar?

Tras repetirle el valor de la consulta y las formas de pago, entendí que mi relación con Antoine iba a ser breve, pues me insistió en que estaba sin digipass, sin efectivo, que no usaba cheques y que desde la oficina me transfería el mes por adelantado, porque le daba lata estar haciendo una a la semana. Fueron minutos de conversación en torno al pago, pago que nunca se hizo efectivo.

Aún así, lo recibí la segunda sesión y nada más sentarse se disculpó por no haberme pagado la primera.

Tengo la escoba con el banco, no he podido hacer transferencias en toda la semana ni de mi cuenta personal ni desde la de la empresa. Estoy mal viejo, sorry, pero yo creo que la próxima semana todo se arregla y ahí eres el primero en mi lista. Te lo juro viejito”.

Debo reconocer que para la segunda sesión hice las tareas. Escuché todos los audios de Antoine y comprendí que le había pasado todos sus ahorros a su hijo para la organización de una fiesta de Año Nuevo. Su hijo, a ojos de Antoine, era un hombre de miles de amigos y este futuro ingeniero comercial le había asegurado que lo que invirtiera en la fiesta lo iba a duplicar. Cuento corto, Antoine sacó 20 millones de pesos de unos fondos mutuos sin decirle una palabra a su pareja.

“Era un éxito asegurado. Bastaba con que fueran todos sus amigos para reventar el local, todo se veía muy bien y juré que iba a ser plata fácil”.

En los audios a veces hablaba de 20 millones, otros de 40 millones y que las ganancias por una noche de trabajo con su hijo iban a duplicar esa inversión. ¿40, 80 millones? Lo que el hijo de Antoine y sus amigos no calcularon, es que a pocas cuadras de su fiesta, se organizó otra y al parecer todos llegaron a esa fiesta… y cuando se dieron cuenta del error… ya era muy tarde… habían pagado la entrada… y la fiesta… estaba muy buena…

Los audios eran angustiantes, pues entre medio me reenviaba las puteadas de la Katy, que lo subía y lo bajaba por haberse robado sus ahorros.

“Viejo, está loca, todo eso es mentira, no sabes como me duele que mienta y diga esas cosas. Yo la amo, pero yo creo que se agarró de esto para terminar conmigo”.

Así, con estos audios en mi mente, atendí a quien sabía que no me iba a pagar. Estaba claro y aún así, decidí escuchar. Tal vez, como enseña el hipnoterapeuta Milton Erickson, tenía la oportunidad de equivocarme.

“Ya no sé qué hacer viejo, la Katy no me contesta las llamadas ni los mensajes y en el condominio me prohibieron el acceso. ¿Cachai que no me dejan entrar a la que fuera mi casa estos últimos cinco años? Mis hijos no quieren hablar conmigo y me dicen que el Vicho… el que me cagó… no quiere saber nada de mí. Lo único que ha vuelto a la normalidad es la pega y, by the way, ya puedo hacer transferencias, así que mándame una factura y te transfiero el mes completo. ¿Cuánto me dijiste que era?

Tras explicarle a Antoine que no emitía facturas, sino boletas, me dijo que estaba sin isapre, pero que no importaba, que le mandara las boletas no más. Tras pedirle sus datos, se puso de pie y me dijo que me los mandaba por WhatsApp, pues ahora tenía que rajar a una reunión.

Cuento corto, Antoine nunca más contestó mis WhatAspp y aún así, pese a ni siquiera haber confirmado la hora, se apareció por mi consulta y lo recibí.

“Sorry viejito que me haya aparecido así, pero me quedé sin teléfono. Me han cortado todo y se me cayó el negocio que iba a cerrar estos días, así que no he podido pagarle a nadie. Tengo la cagada en mi empresa y la Katy me dijo que estaba dispuesta a perder la plata con tal que desaparezca de su vida. ¿Cachai lo duro que es esto para mí? Más encima me dijo que si le escribía un solo mensaje, la llamaba o le dejaba alguno de mis enfermantes mensajes de voz, me iba a lanzar abogados y le iba a contar a su familia qué calaña de ser humano soy. ¿Viejo, tu no ayudarías a tu hijo cuando te pide plata para hacer un negocio? ¿Cómo no lo iba a apoyar?

Mi silencio, aparentemente, le resultó afirmativo.

“Si po Seba, ¿te puedo llamar Seba verdad?, a mi me hubiera encantado que mi viejo me apoyara en algo, pues yo me tuve que armar solito. Y si, también solito me he mandado cagadas y nunca me imaginé que a esta edad iba a terminar durmiendo en la oficina. Es lo único que me queda, pues después de separarme de la mamá del Vicho, quedé en la calle viejo y durante un par de años dormí en la pieza de servicio del depa de mi vieja, que en paz descanse. Se murió y con lo poco que dejó pagué deudas y quedé en nada y justo ahí conocí a la Katy. Al principio fue mágico, fue como volver a vivir, volver a tener una casa, auto, piscina y una mina joven. Y las cagué viejo, las cagué, me embalé con el cuento de mi hijo y no pensé que eran solo unos cabros chicos“.

A los 45 minutos de sesión le dije a Antoine que lamentaba mucho su situación, pero que ya no podía seguir atendiéndole gratis“Viejo, si te voy a pagar todo, te lo juro”. Consciente de que iba a insistir le expliqué que él era un mal negocio para mí y que para la próxima semana su hora ya estaba reservada para otro cliente que había pagado el mes por anticipado.

Con indignación, Antoine se levantó del sofá y me dijo, “viejo, que pena que me veas como un mal negocio, pensé que eras más humano”.

Tras cerrar la puerta volví a pensar en Milton Erickson y resignifiqué las tres sesiones no pagadas, en una inversión y en un duro aprendizaje. Dudé de todo. ¿Verdaderamente se llamaba Antoine? ¿Habrá sido cierta la historia de Año Nuevo? ¿Habrá estafado a su pareja y a su hijo? ¿Cómo obtuvo mi teléfono?  ¿Seré poco humano?

Estas preguntas, y muchas que aquí no formulo, me inquietaron profundamente y a la semana siguiente, a la hora de Antoineviví angustiosos minutos mientras no llegaba mi nuevo cliente. Y cuando finalmente llegó la persona esperada, me volví a inquietar, pensando que la persona inesperada podría interrumpir la sesión.

Para mi fortuna, Antoine nunca más apareció en mi vida, pero no pude dejar de pensar durante mucho tiempo en Katy, en esos hijos y en todas las personas que han concluido que lo mejor es hacer la pérdida. Mujeres e hijos, si algo de historia es cierta, que prefirieron perder a la pareja, al padre, a seguir conectados a sujetos que no traen nada… sino que se lo llevan todo…

añonuevo

Feliz Año Nuevo.  

Cuando papá se queda sin trabajo (3ª parte)

Quizá la única lección que nos enseña la historia es que los seres humanos no aprendemos nada de las lecciones de la historia

Aldous Huxley

En estas fechas varios padres se identifican con el sketch “no llego a fin de año” del argentino Guille Aquino. Están agotados y la mayoría siente que si bien han sobrevivido la navidad, carecen de las energías y de los recursos económicos, mentales y emocionales para celebrar el año nuevo y disfrutar de las vacaciones.

Algunos llevan meses buscando trabajo y el panorama, lejos de aclararse con el estallido social, se ha oscurecido. Otros sobrevivieron las primeras semanas con el corazón en la garganta, solo para descubrir que en noviembre la empresa decidió cortar… por el hilo más fino. También hay quienes apostaron a que las ventas, largamente dormidas, iban a mejorar de octubre en adelante. Y ahí quedaron… esperando que el 2020 revierta el 2019. ¿Será posible?

Proyectos postergados, consultorías en veremos, negocios congelados.

Así, incluso los que conservan su trabajo o aquellos cuyos negocios han resistido, no cantan victoria, pues temen que a la vuelta de vacaciones todo se desmorone. Y aunque no lo crean, aún en estas condiciones, hay personas que han conseguido trabajo y han celebrado una renovada navidad juntos a los suyos.

Y entre estos últimos se encuentra Ricardo, un banquero cincuentón que tras un año fuera de las pistas, consiguió reemplearse. “Qué te puedo decir, a mis 57 años es un éxito rotundo. Y tengo claro que esta es la última vez que zafo. Dudo que hayan más oportunidades para mí”.

despedidos

Con estas palabras se despidió Ricardo por teléfono, a quien había llamado para confirmar nuestra sesión del día siguiente con Catalina, su exseñora, con quien no hablaba desde principios del año, cuando su hija Emilia, la cuarta de ambos, había partido a Europa con su pololo para tomarse un año sabático después de terminar la enseñanza media.

Esto ocurrió en enero y tras tomar el vuelo a Madrid, los padres de Emilia decidieron hacer efectiva una postergada decisión: separarse. Cada uno se fue del aeropuerto en su propio auto. El viaje de Catalina terminó en la casa que siempre habitó con su marido y las niñitas, mientras Ricardo, se estacionó frente a la casa de Margarita.

Pese a los esfuerzos por llevar una separación civilizada, no hubo paz y por meses las guerras cubiertas y encubiertas entre las familias y los amigos hicieron que las vidas de las niñitas cambiaran radicalmente. Claudia, la mayor, convenció a su papá que tenía que arrendarse un departamento. Era demasiado precipitado vivir con Margarita, su amante de tantos años. Además, la Isa, la hija de Margarita, era la mejor amiga de Emilia, quien ya a esa altura, desde Madrid, estaba descubriendo el complejo entramado de mentiras familiares.

Ricardo no atinaba, así que Claudia terminó haciendo las gestiones para arrendarle un departamento a su papá y fue allí cuando supo que estaba cesante. No cuentes nada, a nadie. La Bea, la segunda hija de Ricardo y Catalina, se chateó de la onda familiar y decidió irse a vivir con su pololo. Era su oportunidad y tal como calculó, nadie se atrevió a protestar.

Así, de a poco, el choclo familiar se empezó a desgranar y a la distancia empecé a trabajar con Emilia, pues Matías, su pololo, ya no sabía que más hacer desde Europa para ayudarla. Matías había sido cliente mío y tras semanas de sesiones por video cámara, me rogó conversar con Emilia.

Al par de meses ambos volvieron a Santiago y en consulta seguí trabajando con Emilia, joven mujer que pasó del shock a la rabia, y de la rabia a la preocupación por sus padres, pues veía a su madre tomar cada vez más espumante con sus hermanas y amigas y a su papá más flaco e ido. “Como que no está”.

Llegó a tal su preocupación, que Emilia me pidió conversar con su papá. Lo hice y desperté la ira de Catalina, quien pocos días después me enrostró que recibiera a su exmarido antes que a ella. Entre estos dramas, la detonación final vino de la noticia de que Ricardo llevaba un año sin ingresos, se había comido la indemnización del banco y tenía que vender las tres propiedades que tenía para recuperar algo… de dignidad.

Y con este clima y tras la primera navidad separados, recibí a Ricardo y a Catalina, quienes no se sentaban a conversar juntos desde aquel lejano día en que Emilia despegó rumbo a su fallido año sabático. Una eternidad.

Como maestro de ceremonias, partí agradeciendo a los padres de Emilia que se reunieran, pues me preocupaba el próximo año de su hija. Tras salir del colegio, llevaba un año en modo crisis. No había agarrado un libro y su cabeza sólo tenía espacio para los problemas familiares. Además, Matías, su pololo, va a entrar a Arquitectura, eso está seguro, por lo que no va a poder estar con ella como antes. Con sus amigas y, sobretodo con la Isa, las cosas no han sido fáciles y aunque algo han conversado, podríamos decir que el clima se parece a la Guerra Fría. Aparente paz, pero todas se arman para un eventual conflicto.

Tras mi descripción del panorama, Catalina tomó la batuta, agradeció mi trabajo y lentamente se puso a hervir el agua para cocinar vivo a Ricardo. Empezó a enumerar su prontuario matrimonial, sus mentiras familiares y sus ausencias paternales, hasta rematar con la venta de la casa, lo único que habían dejado sus 25 años de matrimonio.

En ese instante Ricardo sonrió y dijo que no iba a defenderse, que esta instancia era para hablar de Emilia y que él se iba a ajustar a esto. Catalina recibió el golpe poniéndose roja y guardando silencio, mientras Ricardo continuaba con la buena nueva de que había conseguido trabajo. Uno bueno, bien pagado. Gracias a esto, la casa de las niñitas ya no estaba amenazada y la universidad de Emilia podría ser pagada. Además, con la venta del refugio, “que casi no usábamos, pude pagar lo adeudado de la casa de la playa, así que las niñitas tendrán, al menos por este año, las mismas vacaciones de siempre”.

El entusiasmo de Ricardo chocaba contra la apatía de Catalina quien, tras escuchar sus buenas nuevas, comentó. “Bravo Ricardo, sigues siendo un héroe para las niñitas y una mierda de marido. Perdón, exmarido y ahora que puedes pagarte un abogado, lo mejor es que nos entendamos a través de ellos”.

A los sesenta minutos ya no había más que decir. Catalina se puso de pie, me dio la mano y me agradeció la sesión. “Es bueno esto de tener un testigo que nadie más conozca. Ahora que solté todo me siento liberada, pero no podría dormir si algún conocido supiera cómo es Ricardo. Que vergüenza. No puedo creer que aguanté 25 años”.

Ricardo esperó a que Catalina terminara de hablar para ponerse de pie y, como si tuviera 157 años, se incorporó apenas. Pálido, me dio la mano, me agradeció mi trabajo con Emilia y me confesó que con Catalina la felicidad fue siempre así de efímera. “En un dos por tres, destruyó la mejor noticia del año. Casados fue igual, no sé por qué pensé que hoy pudiera ser distinto”.

Tras cerrar la puerta de la consulta, me apoyé con ambas manos sobre ella, como si quisiera sostenerla para que nadie intentara entrar. Después me di vuelta, apoyé mi espalda contra la madera y respiré. Tras un par de inhalaciones y exhalaciones me senté en el sofá y pensé en el fin de año. ¿Llegaré?

En ese momento vibró mi teléfono. Era Emilia, quien me contaba que había chateado con su mamá en el grupo familiar. Estaba muy contenta porque no iban a vender la casa y todas iban a poder irse de vacaciones a la playa. Lo necesitamos. Pero sobretodo estaba contenta por su mamá y su papá, pues sentía que a partir de ahora los dos tenían una nueva oportunidad de rearmarse.

Finalmente, me escribe Emilia, “ya sé qué voy a hacer el próximo año. Aunque suene superficial, le he dado muchas vueltas y después de todo lo que ha pasado, voy a estudiar Ingeniería Comercial. Necesito enfocarme en ganar plata, pues no puedo repetir la historia de mi mamá. Amo a mi papá, me alegra que haya conseguido trabajo, pero claramente una no puede depender de los hombres. Son, como escuché por ahí, el peor enemigo de las mujeres”.

Cuando papá se queda sin trabajo (2ª parte)

Es muy fácil perdonar a nuestros enemigos cuando no tenemos los medios de aniquilarlos

Heinrich Heine

 

A dos meses del estallido social, Lastesis trajeron un giro a las conversaciones de mi consulta. Salimos de las marchas y de las calles, para entrar a fiestas y funas. En estos nuevos espacios, se repiten palabras como miedo, secreto a voces, exposición y valentía. Y los protagonistas, en vez de ser carabineros o encapuchados, son expololos, amigos, compañeros y conocidos… que fueron denunciados.

Para unos… conmoción… para otras… confirmación…

Las historias se suceden y algunos adolescentes repasan todas sus relaciones en búsqueda de pistas incriminatorias, mientras otras reconocen que lo que antes era un rumor, ahora es una realidad.

Todos sabían que era un psicópata, pero nadie hacía nada.

Con este telón de fondo, les presento a Catalina, la madre de una adolescente que atendí en su fallido año sabático en Europa. Esta mujer, apenas supo -por su hija- que me había reunido con Ricardo, su exmarido, me pidió una hora.

Entremedio, Emilia, la cuarta hija de Ricardo y Catalina, me advertía por extensos mensajes de voz que su madre estaba furiosa conmigo por haber recibido a su papá antes que a ella y me pedía mil disculpas, mientras Ricardo me escribía un breve mensaje para agradecerme la sesión que habíamos tenido y para pedirme una segunda.

A ratos, mientras pensaba y whatsapeaba a los miembros de este temible triángulo familiar, sentía que lo mejor que podía hacer era citar a los tres y arrancar. Esa era mi fantasía, pero la realidad es que terminé abriéndole la puerta a Catalina, una mujer que no me devolvió la sonrisa y que se sentó inmediatamente en el sofá.

Vestía de blanco y se escondía detrás de unos enormes anteojos de sol. Sus antebrazos estaban llenos de pulseras doradas y en sus manos lucía enormes anillos que combinaban con un collar que le daba al menos dos vueltas al cuello.

Tras segundos de mutismo compartido, le ofrecí agua, accedió con un gesto y tras extenderle el vaso, se sacó los anteojos, me miró directo a los ojos y después giró la cabeza en dirección a la ventana.

“Mira Sebastián, primero que nada, no tengo nada contra ti. Es más, es probable que Emilia se hubiera quedado todo el año sufriendo en Europa de no ser por tu trabajo. Estoy muy agradecida, pero cuando supe que Ricardo vino a llorarte sus penas, la verdad es que se me levantó la pluma. Mira, a ese maricón no sé cómo nunca lo han funado, pero no me extrañaría nada que ahora empezaran a denunciarlo. Aunque me duela la forma en que terminó todo, la verdad es que me pasé 25 años de matrimonio ocultando sus andanzas para que las niñitas no sufrieran, pero a medida que fueron creciendo fue cada vez más difícil, y es por eso que quisimos que Emilia se tomara un año lejos, pues así al menos se ahorraba la debacle. Pero no, no funcionó, nada funciona con Ricardo, porque el muy descarado, apenas se fue de la casa, se fue donde su amante y fue mi hija Claudia la que lo convenció de que tenía que arrendarse algo, porque se veía muy feo. En fin, supongo que Emilia ya te habrá contado por todo lo que nos ha hecho pasar y ahora salió con la sorpresita de que lleva un año cesante. Y claro, como es un mentiroso profesional, ahora resulta que tenemos que vender la casa de la playa y el refugio porque el huevón lleva años sin pagar. Esto no es cosa de ahora y la última novedad es que quiere que vendamos la casa donde vivo con Emilia para salir rápido de sus apuros. ¿Y sabes lo que me da más rabia? ¡Que toda la plata se la gastó en sus innumerables minas! ¿O no te contó eso el pobre Ricardo?

No supe que responder. Me quedé en silencio, me miré las manos y me puse a pensar en la sociedad del cansancio, esa sociedad que según Byung-Chul Han, aísla a las personas y les quita la valentía.

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“Disculpa Sebastián, ando un poco acelerada, pero aunque me duela lo que te cuento, llevo años esperando que mi matrimonio se vaya a la punta del cerro. Años sospechando que todo iba a terminar mal y después de tanto aguantar, todo se viene abajo a una velocidad increíble. Ricardo cree que sufro por la casa en la playa, pero la verdad, yo sufría pensando en qué iba a terminar este huevón, sufría porque las niñitas supieran algo o que algún día lo pillaran con otra. Ya está, ya se acabó ese dolor, pero ahora viene la rabia porque tengo claro que estamos arruinados porque Ricardo se gastó toda la plata en minas. Conozco a los amigos de Jorge, a los del banco y ninguno quedaría arruinado si pierde la pega, porque todos han tenido más cabeza. Ricardo siempre fue el loco simpático, todos querían ser su amigo, rodearse de él y su mundo de fantasía, pues nunca creció. Sinceramente yo creo que se quedó pegado en los 15 y me da pena que la pobre Emilia descubra quien es este sujeto que tanto quiere, pues las otras, si bien lo adoran, están más que vacunadas”.

Tras 50 minutos de consulta, le pregunté a Catalina si creía posible juntarnos, al menos una vez, con Ricardo. Tras silenciosos segundos de inmovilidad absoluta, se puso los anteojos, se levantó y me dijo que lo iba a pensar.

Gracias por el agua.

Abatido, agradecí tener una hora libre, abrí Twitter y me puse a ver un video que mostraba la performance de Lastesis en distintos lugares del planeta. Me levanté del sofá, miré entre mis libros y consulté entre los Los Mitos de Joseph Campbell para respirar algo de aire.

“¡Qué tema tan hermoso! ¡Y qué maravilloso mundo de mitos existe para celebrar este misterio universal! Recordemos que los griegos contemplaban a Eros, el dios del amor, como el mayor de los dioses; pero también como el más joven, al que todo amante mira con ojos humedecidos”.

Cerré el libro y fue inevitable pensar en qué diría Eros al escuchar la canción de Lastesis o el relato de Catalina. ¿Qué diría Eros de las funas, de los violadores, del horror? Inquieto, me dirijo a La agonía del Eros y ya en su primera página Byung-Chul Han nos habla de la crisis del amor, de la erosión del otro, el narcisismo y la depresión como una imposibilidad… de amar…

Tampoco puedo dejar de pensar en Ricardo, un sujeto que tras una larga y exitosa carrera bancaria, pierde su trabajo y tiene que vender todo, para salir de las deudas. Un sujeto que, a todas luces, parecía encarnar el éxito social, laboral, familiar y personal. ¿Qué pasó Ricardo?

Escuchemos a Byung-Chul Han

“El actual sujeto narcisista del rendimiento está abocado, sobre todo, al éxito. Los éxitos llevan consigo una confirmación del uno por el otro. Ahora bien, el otro, despojado de su alteridad, queda degradado a la condición de espejo del uno, al que confirma en su ego. Esta lógica del reconocimiento atrapa en su ego, aún más profundamente, al sujeto narcisista del rendimiento. Con ello se desarrolla una depresión del éxito. El sujeto depresivo del rendimiento se hunde y se ahoga en sí mismo”.

Despierto de mis ensoñaciones con un whatsapp de Catalina.

Me confirma que habló con Ricardo y que vendrán juntos la próxima semana. Acto seguido recibo un whatsapp de Ricardo, quien me agradece la oportunidad de conversar con Catalina, pues está desesperado. Y acto final, recibo un mensaje de voz de Emilia que me dice que no puede creer que sus papás vayan a estar juntos en la consulta, pues no se han dirigido la palabra después de separarse, “y aunque mi mamá lo odie, tiene que entender que es mi papá y que está muy mal”.

Continuará…

Cuando papá se queda sin trabajo

Sólo durante los tiempos difíciles es donde las personas llegan a entender lo difícil que es ser dueño de sus sentimientos y pensamientos

Antón Chejov

 

Estamos en diciembre y tímidamente el comercio nos recuerda que, con crisis o sin ella, se viene Navidad, Año Nuevo y vacaciones. Históricamente éstos suelen ser momentos complejos para la mayoría de los padres, pues aparte del cansancio acumulado y de los gastos que implican tanta fiesta y tanto descanso, en estas fechas hay que lidiar con niñas y niños que necesitan ser cuidados, alimentados, trasladados y entretenidos.

En consulta, los padres que atiendo hacen un último esfuerzo antes de cerrar el año, solo que en esta ocasión sienten que todo ha cambiado. Estamos tan cerca del 2020 que parece mentira, pues de aquí, a por fin descansar, hay demasiado camino. Y es que la crisis social no solo ha afectado los bolsillos, sino que ha golpeado las cabezas.

La incertidumbre ha desatado las peores fantasías, esos históricos miedos que solíamos aguantar en silencio. Ese malestar, hasta hace poco privado, ahora se pasea por las calles, las radios y las pantallas, transformando el habitual estrés de fin de año en un profundo pesimismo sobre el presente y futuro.

En este contexto, la pesadilla de quedar sin trabajo no se queda en la almohada, sino que ahora acompaña a muchos en todas las conversaciones. En la familia, en el trabajo, entre los amigos o vecinos, se enumeran y comparten las pérdidas, las caídas y las faltas, como si de alguna extraña manera, se quisieran construir evidencias de que la cesantía está a la vuelta de la esquina.

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Con esto en mente, viajo unos años atrás, cuando sostengo mi primera sesión con Ricardo, el padre de Emilia, una adolescente que atendí tras un fallido año sabático con su pololo en Europa. Fue él, en la mitad del proceso de su hija, quien pidió hablar conmigo. A solas.

Tras consultarlo con Emilia, me insistió en que por favor hablara con él, pues la separación, a sus ojos, no le había sentado nada bien. Así, tras este pase, recibí a Ricardo, un sujeto de unos 55 años quien, tras esbozar una sonrisa y apretar mi mano, se hundió en el sofá.

Silencio.

Juntó sus manos frente a su cara como si rezara, y me dijo que no sabía por dónde empezar. Eran demasiadas las mentiras. Otro silencio. Más largo. Tras bajar las manos, me dijo que suponía estaba al tanto de todo lo que sabía Emilia. Históricas infidelidades de su parte, venganzas de su exseñora y mutuos engaños, ocultados de sus hijas para no perjudicarlas, sobretodo a Emilia, que era la menor de las cuatroPero eso también es una mentira.

El relato de Ricardo continuó en este tono unos 30 minutos y en ese espacio no pude dejar de pensar en la novela Recursos Inhumanos de Pierre Lemaitredonde Alain, el protagonista, a mitad de camino confiesa lo siguiente:

“Me acorrolan mis mentiras. He acumulado tantas durante tanto tiempo… Decir ahora la verdad a Nicole es superior a mis fuerzas. Nos robaron la confianza en nuestra propia vida, nuestra seguridad, nuestro futuro. Eso es todo lo que quería reconquistar. ¿Cómo explicárselo?”.

Y es que Ricardo no le había contado a Catalina que hace un año que no tiene trabajo y que varios años atrás dejó de ser gerente del banco. ¿Mintió? Al principio no, pues cuando cumplió 50 años el gerente general, amigo y excompañero de universidad, le advirtió que las cosas estaban difíciles y que tenía que estar preparado para lo peor.

Ricardo me cuenta que fue un golpe que nunca vio venir. Siempre pensaba en lo que haría después de jubilar. ¿Faltaba mucho? ¿Poco? Después de ese anuncio cumplió los 51 siendo gerente. Agradeció no haberle contado nada a la Cata, pues la vida de su exseñora no sufrió ningún trastorno.

“Ya a esa altura nuestro matrimonio no iba bien y supongo que yo me hacía el loco trabajando y haciendo mucho deporte y la Cata ocupándose de las niñitas y planificando su próximo viaje con sus amigas”.

Visto en retrospectiva, todo mal, pero aún así cumplió los 52 como gerente y recién a los 53 se cumplió la advertencia. Jorge, su jefe, finalmente hizo efectivo el despido, pero, como siempre, le tendió una mano. “No sólo me fui con buenas lucas, sino que en los primeros meses, Jorge me contrató como externo para un par de proyectos. En el papel ya no tenía un contrato indefinido con el banco, pero Jorge me siguió apoyando y en cuestión de meses estaba ganando igual e incluso más que cuando ocupaba una oficina. Mi última oficina”.

Ricardo hace una pausa, vuelve a cruzar las manos y mira por la ventana.

“La Margarita no sólo era la secretaria de Jorge, sino la exseñora de un compañero de generación. Jorge es así, ayuda y tras su separación la contrató como una forma de apoyarlos a los dos. Y la Margarita, para enredar aún más la historia, es la mamá de la Isi, la mejor… bueno… la que era la mejor amiga de Emilia…”

Nuevo silencio, sólo que ahora Ricardo se agarra la cabeza con las manos y mira al suelo. Le ofrezco un vaso de agua, lo agradece y cuando vuelvo está rojo. Se toma el agua en dos tragos y continúa su historia sin levantar la mirada del suelo.

“Como pasaba entrando y saliendo de la oficina de Jorge, muchas veces me quedaba hablando con Margarita. Me escaneaba documentos, me imprimía informes y respondía las llamadas de algunos clientes de los proyectos involucrados. Sin darme cuenta, pasó a ser mi confidente y mi secretaria personal. Margarita no solo me escuchaba, sino que conocía a Jorge, al banco, a mis compañeros y clientes. Entendía la lógica de todo esto, pero sobretodo, cachaba mi terror de quedarme en la calle, con dos niñitas en el colegio, dos en la universidad y una señora que nunca había trabajado y que quería remodelar la casa, el jardín o salir de viaje. ¿Por qué no vamos a Europa estas vacaciones?”.

Ricardo levanta la cabeza, mira al techo y sopla con fuerza… como si quisiera sujetar un techo que se le viene encima.

“Cata no entendía nada y una vez, aleonado por Margarita, le conté que era posible que en un futuro ya no fuera más gerente. ¿Su reacción? La peor. Se puso a gritar, a llorar y tras sacarme en cara todo lo que ella hacía para que yo pudiera trabajar tranquilo, me dijo que pasara lo que pasara me las iba a tener que arreglar, pues yo no le podía hacer esto a las niñitas. Quedé devastado y esa fue la única vez que hablamos de mi trabajo”.

La historia terminó ahí y Ricardo me preguntó si podía volver, pues necesitaba seguir hablando. Le dije que lo iba a conversar con Emilia y le propuse confirmarle por WhatsApp.

Perfecto.

Se fue Ricardo de mi consulta e inmediatamente busqué Recursos Inhumanos para leer mis subrayados, pues mentalmente no podía dejar de comparar las historias y las mentiras de Ricardo y Alain.

“Llevo cuatro años en paro (…) Como este empleo no basta para llegar a fin de mes, adonde llegamos bastante apurados, me dedico a otras cosillas aquí y allá (…) No siempre le cuento a Nicole lo que hago, porque le dolería. Multiplico las excusas para justificar mis ausencias.

En cuatro años, a medida que mis ingresos se volatilizaban, mi estado de ánimo pasó de la incredulidad a la duda, después a la culpabilidad y, por fin, a una sensación de injusticia. Hoy lo que siento es cólera”.

Cierro el libro y recibo un WhatsApp. No es Ricardo, es Emilia, su hija, quien me pide adelantar la sesión. Me dice que es urgente y esa tarde se sienta en el mismo sofá que su padre y me cuenta que finalmente se juntó con la Isi.

“Te mueres lo que viví anoche. Ya… finalmente me junté con la Isi. Te juro que estaba más nerviosa que en la PSU. Nos juntamos en un Starbucks que nos terminaron cerrando y continuamos en un pub que estaba a media cuadra. Hablamos horas. Lloramos, nos enojamos y al final hasta nos reímos de mi papá”.

Emilia me cuenta básicamente lo mismo que me contó Ricardo, pero agrega que su padre lleva un año sin trabajo, “pues a Jorge, su amigo y su jefe, el banco se lo llevó a Estados Unidos y el nuevo gerente general lo primero que hizo fue pegarle una patada en la raja. Esto pasó cuando entré a cuarto medio y recién ahora cacho todo lo que se ha bancado mi viejo solo… bueno… no tan solo… mientras mi mamá se junta con puras viejas a pelarlo, tomar espumante y planificar viajes. Todo a cuenta de mi papá.”

Terminó la sesión y me sentí profundamente agobiado, pues mi cerebro estaba procesando dos versiones de una misma historia a muy altas intensidades. Me tendí un rato en el sofá, conmovido y abatido, por el destino de Ricardo, destino que peligrosamente se estaba pareciendo al de Alain y al de tantos padres que hoy sufren al quedar sin trabajo.

Finalmente, estiro el brazo para seguir leyendo Recursos Inhumanos, y llego a este subrayado:

A las chicas les duele ver a su padre haciendo trabajillos. No dicen nada, pero sé que es más fuerte que ellas: la imagen que tenían de mí se ha deteriorado. No por culpa del paro, no, por culpa de los efectos que el paro ejerce sobre mí. He envejecido, he encogido, estoy lleno de tristeza. Me he vuelto inaguantable”.

Recibo un WhatsApp. Es Emilia. Me pregunta si la próxima semana puedo hablar con su madre. Le acaba de contar que su papá está sin trabajo y ha quedado una nueva embarrada.

Continuará

La impenetrabilidad de la violencia

“Una sociedad puede considerarse humana en la medida en que sus miembros se confirman entre sí”

Martin Buber

 

Durante estas dos últimas semanas los chilenos hemos estado expuestos a altas dosis de violencia. La gran mayoría la rechaza y lamenta y aunque unos pocos la intenten comprender o justificar, la verdad es que es difícil sostener una lógica argumentativa frente a lo que sucede en nuestras calles y en nuestras pantallas.

¿Por qué destruyen? ¿Por qué golpean? ¿Por qué queman? ¿Por qué disparan?

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Son preguntas complejas, tan difíciles de responder, como tratar de explicar por qué las marchas pacíficas, terminan de manera violenta. Y esta confusión, para los amantes de las conspiraciones, es un caldo de cultivo para toda suerte de aventuras, razón por la cual, desde las comunicaciones, me gustaría aportar con un poco de estructura teórica.

Así, para comprender la violencia ejercida por algunos grupos y personas, contra otros grupos, personas e infraestructuras, agarro la Teoría de la comunicación humana, y me dirijo a un capítulo donde Paul Watzlawick sostiene que los tres procesos que afectan la construcción de nuestro self y el otro, son la confirmación, el rechazo y la desconfirmación.

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Para este autor, la clave para nuestro desarrollo y para nuestra estabilidad mental es la de ser confirmadospues “aparte del mero intercambio de información, el hombre tiene que comunicarse con los otros a los fines de su autopercepción y percatación, y la verificación experimental de este supuesto intuitivo se hace cada vez más convincente a partir de las investigaciones sobre la deprivación sensorial, que demuestra que el hombre es incapaz de mantener su estabilidad emocional durante períodos prolongados en que sólo se comunica consigo mismo”.

Si, los seres humanos necesitamos ser confirmados por los otros, por nuestros padres, hermanos, profesores, vecinos y amigos y es por ello que el filósofo y psicólogo estadounidense William James (1842-1910) sostenía que “no podría idearse un castigo más monstruoso, aún cuando ello fuera físicamente posible, que soltar a un individuo en una sociedad y hacer que pasara totalmente desapercibido para sus miembros”.

En Chile ya han salido voces a decir lo mismo que William James y algunos han hecho un llamado a hacernos cargo de estos sujetos a los que la televisión y los políticos etiquetan de marginales, pues estos chilenos, son producto de una sociedad que históricamente los ha rechazado y desconfirmado.
Y es que estos grupos de “excluidos” han vivido por décadas y probablemente por generaciones, en la alienación. Para Watzlawick estos sujetos han perdido, al igual que los pacientes esquizofrénicos, su mismidad, pues los otros -es decir, nosotros- lejos de confirmarlos, les hemos transmitido, en el mejor de los casos, nuestro rechazo y, en el peor, que no existen.
Y de repente, como Godzilla, aparecieron para quemar estaciones de metro, saquear comercios y destruir todo el mobiliario de la calle, irrupción que nos conectó con el terror, la desconfianza y la confusión, pues estos comportamientos nos resultan tan incomprensibles como impenetrables.
En definitiva, nos cuesta aceptar que no entendemos nada, pues nuestra visión de estos sujetos, está muy distante de la visión que estos sujetos tienen de sí mismos… y de nosotros. Y esta brecha, de acuerdo a Paul Watzlawick, determina, más que cualquier otro factor, la naturaleza de nuestra relación y, por consiguiente mi sensación (y la del otro) de ser entendidos y tener una identidad”.
Y es que así como algunos no entendemos por qué alguien quemaría una micro o arrasaría con un supermercado, hay otros que no entienden el actuar de las fuerzas del orden, de los políticos, de las instituciones y de la sociedad -no marginada- en su conjunto. Y estas discrepancias no resueltas son, siguiendo a Watzlawick, las que nos llevan a profundos “impasses interaccionales en los que, en algunas ocasiones, se hacen acusaciones mutuas de locura o maldad”.
En definitiva, lo que nos dice Watzlawick, es que nuestras interacciones, marcadamente patológicas, muestran una enorme brecha entre la imagen que hemos construido de los otros y su verdadera identidad, lo que nos lleva a un sinnúmero de paradojas que nuestra cabeza no sabe cómo abordar.
Y es que las legítimas demandas de la mañana se pueden transformar en ilegítimas acciones en la noche y el accionar de las fuerzas del orden pueden traer caos y desorden. En cámara, podemos ver a sujetos que, a los gritos, piden marchar en paz y a uniformados que, por acción u omisión, dejan en total desprotección a aquellos que supuestamente debieran proteger.
No entendemos y nuestra forma de descansar y de salir rápido de tanta contradicción es atribuirle maldad o locura al accionar de los otros y es por ello que hoy, más que nunca, debemos recordar las sabias palabras del filósofo del diálogo Martin Buber (1878-1965), quien sostenía un siglo atrás que nuestra incapacidad de confirmar a los hombres por lo que son y por lo que pueden llegar a ser es nuestra principal debilidad como seres humanos.
Así, ya sea desde nuestras casas, desde la calle o desde nuestras pantallas, la invitación es a aceptar la impenetrabilidad de la violencia, aceptar que nuestra mirada es limitada y a evitar etiquetar el incomprensible comportamiento de los otros, como actos de maldad o locura.
Confirmemos, confirmemos a los que piensan o actúan de modos que habitualmente rechazamos o desconfirmamos, pues de no hacerlo, va a ser imposible que nos sentemos a conversar. Y este ciclo, de no ser acogido y abordado, se volverá a comunicar a través de igual o mayor violencia, pues nos guste o no, es la forma más efectiva que han encontrado de ser escuchados.

¿Por qué reaccionamos como reaccionamos frente a las crisis sociales?

Lo que es más fácil de ver es a menudo pasado por alto

Milton Erickson

 

Ha sido una semana compleja para todos los chilenos y es por ello que interrumpo mis columnas para compartir lo que he visto en consulta, pues ultra simplificando mi muestra, me ha tocado atender a personas que, por un lado, sienten haber vivido momentos intensos, excitantes y esperanzadores, y a otras que confiesan -más allá de sus simpatías o antipatías-haber deambulado entre el miedo, la rabia y la pena.

En términos caricaturizados, los más entusiastas, han disfrutado o revivido momentos de sana rebelión y confían en que esta crisis social va a lograr, de una vez por todas, hacer justicia y saldar una larga deuda, mientras en la otra vereda hay personas que, aunque compartan los mismos anhelos, no han podido evitar que los sucesos vividos los conecten -o reconecten- con la impotencia y la desesperanza.

Mientras el fantasma del pasado se asoma y no deja sonreír a algunos, la ansiedad de los más entusiastas inevitablemente los alerta al preguntarles qué va a pasar con ellos… si las cosas no resultan como esperan…

Los menos atraviesan el entusiasmo, el miedo y la pena con altas dosis rabia, la que puede observarse en la creciente exageración y descontextualizados de todo lo que ven, sienten y escuchan. El problema es que estos sujetos, pese a ser pocos, dan rienda suelta a la paranoia y la persecución en la búsqueda de explicaciones, soluciones, responsables y culpables, lo que inevitablemente termina contaminando a su entorno y en es por ello que ya varios especialistas han recetado tener cuidado con los grupos de WhatsApp.

Así, no es raro que mientras los más entusiastas teman el bajón, los más asustados y rabiosos quieran que todo vuelva a la normalidad lo antes posible y que los más afectados por la tristeza supliquen por levantarse de este golpe que los ha dejado literalmente, fuera de juego.

Estereotipadas las principales formas observadas de gestionar la incertidumbre, la pregunta que le surge a muchos de mis clientes es cómo lidiar con todas estas emociones al mismo tiempo o de manera sucesiva, pues nos guste o no, estas voces dialogan en nuestras relaciones, en la televisión, en las redes sociales y en nuestra propia psiquis.

El resultado de este combo emocional es que la mayoría de los chilenos estamos transitando nuestro territorio con una lenta digestión emocional y el desafío para muchos es volver a la rutina familiar, personal, académica y laboral, pues para nadie ha sido fácil.

Así, un primer paso puede ser entender por qué reaccionamos cómo reaccionamos frente a esta crisis social y para adentrarnos en esta materia me gustaría hacerlo bajo el alero de Eric Miller (1924-2002), autor del libro Liderazgo, Creatividad y Cambio en Organizaciones, pues aparte de su formación psicoanalítica y de su larga experiencia investigando fenómenos sociales y grupales en el Tavistock Institute of Human Relations, este autor nació entre guerras mundiales y tuvo que interrumpir-como muchos europeos de su época- su vida y sus estudios universitarios para servir al ejército inglés.

Hecha esta introducción, Miller nos advierte que si bien las crisis sociales son verdaderas “oportunidades para reflexionar, cuestionar e innovar“, también son momentos que ponen sobre la mesa nuestras más primitivas necesidades de seguridad y dependencia. Por eso, las discusiones y potenciales acciones que tienen esperanzados a algunos, tienen aterrados a otros, pues en estos dimes y diretes pareciera que el mundo, tal como lo conocemos, está obsoleto, va a perecer y todo va a cambiar.

Así, discursos tan actuales y diversos como los que surgen alrededor del cambio climático, la conformación de la familia, la identidad sexual, los límites de la política y los negocios, el desprestigio de las instituciones, la crisis terminal de la educación y el fin del capitalismo, por nombrar los primeros que se me vienen a la mente, nos recuerdan, en todo momento, que lo que creíamos saber y conocer… no era tal.

Nueva jornada de Incidentes en Plaza Italia

Y muchas personas, frente a la presión que generan estos cambios y sus discursos, despiertan movidos por un subidón adrenalínico y sienten que no pueden dejar escapar una oportunidad como esta para lograr todo lo que no se ha logrado en el pasado, mientras otros desarrollan automáticamente rechazo e incomodidad frente a lo que el investigador James Krantz, también del Instituto Tavistock, denomina ansiedad por el Nuevo Orden.

Escuchemos un fragmento de su artículo -tan oportunamente titulado- “Ansiedad y Nuevo Orden”.

“Diariamente nos recuerdan que nos dirigimos hacia el Nuevo Orden, lugar donde las pasadas aproximaciones a la forma de organizarse y de llevar a cabo el trabajo están obsoletas. El cambio es constante e impredecible; los mercados son inestables; la explosiva innovación tecnológica es una cuesta excesivamente empinada (…) Los establecidos contratos psicológicos entre los empleados y las organizaciones se están evaporando”.

Lo peor de este panorama es que independiente de “cuán” cerca estemos al Nuevo Orden (¡que vienen décadas anunciando!), nadie se salva de ser manejado por fuerzas turbulentas ni de estar bajo una inmensa presión para alterar o desmantelar patrones profundamente arraigados.

Por eso, si volvemos a nuestra realidad actual, veremos a través de la calle, la televisión o las redes sociales, que la crisis social moviliza, ya sea a través del refuerzo o de la amenaza, patrones largamente arraigados en nuestras vidas, en nuestras familias y culturas, por lo que la insistencia de estos refuerzos y amenazas, nos ponen en jaque con otros patrones. Dicho lo anterior, no es de extrañarse si inevitablemente chocamos con respuestas que nos parecen radicalmente opuestas a las nuestras, pues nuestros cerebros estresados están trabajando desde la trinchera.

La buena noticia es que debajo de estos comportamientos superficialmente antagónicos, hay un denominador común: el malestar social. Sí, estamos mal como sociedad -¡qué duda cabe!- y es por ello que independiente de la postura que tengamos frente a la crisis, cuando vemos y escuchamos a personas influyentes sorprendidas frente a la intensidad y profundidad de los últimos acontecimientos, nadie siente ni un ápice de empatía hacia ellos, pues estas dinámicas, llevan décadas moldeando los cuerpos de la mayoría de los chilenos.

El Instituto Tavistock, para explicar el origen del malestar social que vivió el Reino Unido en los años ochenta, se remontó a la posguerra (informe Beveridge, 1942) para buscar sus causas y conceptualizó la crisis de los ingleses con sus líderes e instituciones como consecuencia de una cultura de la dependencia fallida.

Tras varios cambios y recortes al estado benefactor inglés a fines de los años setenta, se desató una crisis social que en términos psíquicos se denominó repliegue psicológico: “una huida hacia la fantasía y el retraimiento de la inversión psicológica”.

En chileno, esto significa que las personas empezaron a desconfiar de las instituciones y tomaron distancia de sus líderes. De repente la desconfianza se instaló en todos los procesos y empezó a moldear nuestra forma de relacionarnos y vincularnos no solo con las autoridades y las empresas, sino con los nuestros y con nosotros mismos.

En consulta, esta desconfianza puede verse, por ejemplo, en la desconexión con el presente y la nostalgia por tiempos y  formas del pasado, en la imposibilidad de estar en el aquí y ahora o en la ansiedad por el futuro, en el ahogo por las crecientes responsabilidades, en las constantes dudas sobre nuestras capacidades para asumir los compromisos, en la impotencia frente a las deudas y el alto costo de la vida, y en la rabia contra los responsables del deterioro de la salud pública, el sistema educacional y previsional.

Así, a tan solo una semana de que la vida de todos los chilenos cambiara, estamos y andamos vulnerables frente a la crisis social y es por ello que aunque no entendamos o nos frustre la reacción de los otros o de nosotros mismos, el segundo paso a dar es buscar espacios de diálogo donde podamos verdaderamente escuchar y ser escuchados, pues en estos días de incertidumbre cargamos más voces de las que quisiéramos reconocer.

De repente, sienten algunos, nos hemos rigidizado o nos hemos transformado en un mar de contradicciones y el desafío, para ambos extremos, es a no perder la calma durante las siguientes semanas, tanto si baja nuestro entusiasmo, como si aumenta nuestro miedo, rabia o tristeza, pues la idea es volver a confiar en que mantendremos o recuperaremos la alegría de ser chilenos.

¿Cómo tomar decisiones importantes en el trabajo?

Una vez tomada una decisión, hay que cerrar los oídos a los mejores argumentos contrarios. Este es el indicio de un carácter fuerte. En ocasiones, hay que hacer triunfar la propia voluntad hasta la estupidez

Friedrich Nietzsche

Muchas veces nuestros clientes nos piden que los ayudemos a tomar difíciles decisiones. En estricto rigor, los coach no debemos aconsejar ni recomendar, pero si queremos ayudar podemos crear las condiciones para que nuestros coachees puedan pensar… antes de actuar…

Por eso, lo primero que les pido a mis clientes frente a decisiones complejas, es que sientan la libertad de un día inclinarse por la opción A, otro por B, otro por A… y así… sucesivamente… hasta que se vayan sintiendo más seguros.

Otro camino que tenemos los coach frente a la toma de decisiones de nuestros clientes es motivarlos a generar más alternativas, pues a veces se debaten frenéticamente entre dos. Aumentar las opciones descomprime la bóveda craneal y ayuda a mirar las cosas desde una nueva perspectiva.

Con esta breve introducción en mente, retornemos a las oficinas de Fantasía S.A., esa consultora financiera donde ya llevo un par de meses haciéndole coaching a dos ejecutivos: Hans el colono y Sergio el Ruso.

Ambos, a mitad de camino, se debaten en una encrucijada.

Hans no sabe si separarse o aguantar a su señora y Sergio no sabe si mandar todo a la punta del cerro o resistir la tormenta, el chaparrón y el tsunami que ha vivido en términos laborales y matrimoniales, después de un triste espectáculo que dio en un evento al que gran parte de la plana mayor de Fantasía asistió.

Hans ya no sabe qué hacer con su señora, pues pese a la terapia de pareja, la terapia personal y las pastillas del psiquiatra, Claudia oscila entre el carrete y la cama. La única razón que supuestamente detiene a este colono son sus hijos, pero desde que nació el tercero las cosas sólo han empeorado.

Sergio, por su lado, está agotado de estar constantemente en capilla. Desde que los socios de Fantasía S.A. lo vieron vomitar, pelear y chocar en un matrimonio, el Ruso siente que camina con la cruz en su propio vía crucis. Pese a que aceptó los tratamientos y las condiciones que le pusieron su señora y la oficina, cualquier error o tropiezo da rienda suelta a las más lapidarias sentencias.

Y María Cristina, una de las socias de Fantasía S.A., está encima de ambos procesos. Ella tiene su película muy clara: quiere que Hans se separe y se ordene y que Sergio renuncie y se vaya. Y no solo lo tiene claro, sino que espera que mi trabajo sirva… para que ambos… tomen la decisión correcta.

Frente a esta presión, recurro a los sabios consejos de Steve Andreas, un afamado coach y programador neurolingüístico que decía que saber lo que uno quiere es importante, pero “aún más importante es estar seguro de que uno quiere algo que valga la pena tener, de modo que cuando lo obtenga quede satisfecho”.

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Dicho lo anterior… ¿Querrá Hans realmente separarse? Y si se separa… ¿quedará satisfecho? Francamente no lo sé, pero tampoco me compro tan fácilmente esa frase de que la única razón por la que no disuelve su matrimonio es por sus hijos.

Ese es mi mapa, pero Steve Andreas me recuerda que a veces escogemos metas que están casi garantizadas para no ocurrir. Insisto… ¿se podrá separar alguien que acaba de ser padre por tercera vez con una mujer que siempre ha sido igual?

No lo sé, los seres humanos siempre nos pueden sorprender, pero Steve me hace ver que aunque lograr estas metas sea posible, muchas veces el esfuerzo y el sacrificio requeridos pueden convertirlas en algo que no valga la pena.

¿Valdrá la pena que Sergio, después del tremendo esfuerzo que ha hecho por rehabilitarse, mande  todo a la punta del cerro para empezar de la nada en otro lugar?

Peor aún es leer lo que dice Andreas en el libro el Corazón de la Mente, pues aquí afirma que “muchas personas descubren que, a pesar de alcanzar estos tipos de metas, siguen insatisfechas”, pues “la meta que perseguían no era lo que realmente deseaban”.

En definitiva… ¿querrá separarse Hans? ¿Querrá Sergio mandarse a cambiar? Es más… ¿Son estas verdaderas metas? ¿Objetivos?

No… sinceramente no lo son… pues nadie genuinamente quiere separarse o perder su trabajo… y es por ello que el trabajo del coach es ayudar a sus clientes a que entiendan qué hay detrás de estas declaraciones… o… dicho de otra manera… qué es lo que realmente desean…

Así, después de preguntarle a Hans qué es lo que estaba buscando al separarse, me dijo… paz… “quiero paz Sebastián, quiero poder descansar y no estar siempre asustado. Vivo con miedo de que a mi señora o a mis hijos les pase algo malo por alguna acción u omisión de su parte. Esto muchas veces no me deja trabajar tranquilo y si hay algo que verdaderamente me da satisfacción hoy en día son mis hijos y mi trabajo. Quiero enfocarme en la oficina y tener un fin de semana normal, poder levantarme, abrir las cortinas y que los niños suban a la cama, y no tener que salir a oscuras, en silencio, y llevarme a mis hijos a la plaza para que no vean en las condiciones que está su madre”.

Sergio, sorprendentemente, quería lo mismo. Quería paz. Quería trabajar tranquilo, enforcarse en lo que le gusta“En estas semanas me he dado cuenta que pese a todo, me encanta mi trabajo. Me encanta jugar con los números, contarles a mis clientes cómo van sus inversiones, darles buenas noticias, prevenirlos de las malas y ganar plata. Me fascina cerrar contratos y traer plata a la oficina y a mis bolsillos. Me hace feliz que Miguel Ángel y los socios reconozcan mis esfuerzos. Y amo a mi señora y lo único que quiero es que vuelva a confiar en mí, que de verdad crea que puedo cambiar y ser esa persona que le prometí iba a ser cuando nos casamos. Estoy en deudo con ella, lo sé, pero quiero ponerme al día”.

Estas conclusiones, a las que llegamos pasados la mitad del proceso, dejaron tranquilos a mis coachees y molesta a María Cristina. Por suerte, Miguel Ángel, el gerente general, puso paños fríos y dijo que había que esperar cómo terminaba todo, pues lo que él estaba viendo día a día en la oficina, era a dos ejecutivos que estaban mucho más enfocados en la productividad y en el cuidado de sus relaciones.

Silencio.

María Cristina se levantó con una forzada sonrisa y asumo que con ella quiso despedirse. Miguel Ángel, con una sonrisa más triste, me acompañó en silencio hasta la puerta del ascensor y se despidió con un fuerte apretón de manos.

Una vez cerrada la puerta, respiré y me sentí tranquilo y golpeado, pues a esa altura del partido ya sabía que era imposible dejar contentas a todas las partes. Sin saber cómo iba a terminar mi trabajo en Fantasía S.A., tuve la claridad en ese trayecto vertical, de que mi foco tenía que ser acompañar a mis clientes en estas difíciles tomas de decisiones.

Al abrirse las puertas y llegar a la calle, sentí un profundo alivio, pues en esta oportunidad, no era yo el que tenía que decidir. Mi rol era acompañar y por dura que fuera la espera, sabía ya, por experiencia, que todos los seres humanos contamos con los recursos necesarios para alcanzar nuestros objetivos.

¿Por qué siempre creemos que nos van a echar? (Segunda parte)

Todo ser humano tiene la libertad de cambiar en cualquier instante

Viktor Frankl

Las creencias, decimos en el mundo del coaching, las vivimos como certezas. Son ideas incuestionables por las que peleamos de ser necesario. Por eso, cuando una persona tiene creencias limitantes sobre el cambio, hay que ayudarlo indirectamente a cuestionar su mindset… y para ello… que mejor que las historias…

Con estas ideas en mente fui a ver a Hans a la consultora Fantasía S.A., pues la sesión pasada me sorprendió el entramado de ideas irracionales que había construido para convencerse que sus días estaban contados en la compañía.

Y es que Hans no solo estaba equivocado, sino que estaba convencido de que hiciera lo que hiciera, nunca iba a ser el ejecutivo que la empresa esperaba de él.

Mientras lo escuchaba en nuestra última sesión, tenía ganas de gritarle “falso, falso, falso”, pero era tal su insistencia en que la empresa, su gerente general y yo le habíamos tendido una trampa… que decidí simplemente escuchar… y esperar un momento mejor.

Y este momento llegó a la sesión siguiente, donde nada más aparecer Hans, se disculpó…

“No entiendo lo que me pasó la semana pasada. Bueno, en realidad lo entiendo, pero no es una justificación ni explicación válida. Por loco que suene, me sentí poseído”.

¿Por quién?

Por María Cristina, la socia de la que tanto hemos hablado. Tienes que entenderla. Desde su perspectiva, los demás socios no han respetado el legado de su padre, el socio fundador y ella encuentra que las cosas han cambiado demasiado. No le gustan los nuevos aires ni las nuevas contrataciones y ella me ha insistido en que me está preparando para que yo sea gerente general en el futuro. Es un honor que alguien tan exigente te elija, pero la presión es enorme y supongo que Miguel Ángel, el actual gerente general, intuye cuales son las aspiraciones de María Cristina.

Silencio… mira por la ventana…

En fin… me he desviado del tema… Lo que te quería decir es que la sesión pasada no era yo. Tenía tanta presión que era como si María Cristina hablara por mí. Toda su rabia, todo el malestar que comparte conmigo, se me arrancó y tengo claro que te tiré todo a ti, pues sabía que esto no me iba a traer consecuencias.

Perdóname, Sebastián, tengo claro que tú no eres parte de ninguna conspiración y que tu trabajo con Sergio es independiente al mío y que su rápida mejoría y las constantes alabanzas despertaron mis celos y rabia. Pero eso no tiene nada que ver contigo…

Silencio… larguísimo silencio… y como Hans no hablaba, aproveché de contarle de un cliente que se me vino a la mente.

¿Te puedo contar una historia?

Sorprendentemente Hans me dijo que le encantaría y así fue como partí contándole de Fabián, un cliente rioplatense que tuve años atrás.

¿Argentino?… preguntó Hans…

De ahí mismo… y cuando empecé a verlo… llevaba nueve meses en Chile trabajando en la industria de la publicidad. Su jefe, quien había luchado porque la productora costeara su contratación, su traslado e instalación en Santiago, estaba preocupado.

¿Qué le preocupaba?

Pedro, digamos que el jefe de Fabián se llamaba Pedro, me contaba que Fabián era un genio trabajólico, una máquina. Obsesivo, intenso y parecía que aparte del trabajo no tuviera vida…

La cosa es que Pedro estaba muy preocupado por la falta de eficiencia de su estrella… pues si bien la calidad de su trabajo era irreprochable… su alta exigencia y sus estándares olímpicos lo hacían demasiado lento… y las demás personas de la productora ya estaban odiándolo… lo que a Fabián… en términos porteños…  le chupaba un huevo…

No entiendo… comentó Hans…

Yo tampoco entendía mucho, pero según Pedro, Fabián no solo era extremadamente perfeccionista con su trabajo, sino que peleaba todas las decisiones artísticas y comerciales como si fueran de vida o muerte… no tranzaba… no negociaba… y se declaraba un tipo de principios creativos.

¿Un divo?

Algo así, pero un divo lento. Y esta lentitud, según Pedro, era compensada con muchas horas de trabajo y no era raro que Fabián amaneciera en la oficina y de repente… tipo 11 de la mañana… desaparecía…

Aquí todos suponían que se había ido a dormir… lo que era comprensible… pero después desaparecía por días, no respondía el teléfono… ni los mensajes y reaparecía cuando él quería…

En esto se parece al Ruso.

Bueno, no me quiero alargar mucho, pero para que te formes una idea de mi cliente, este era aparte de imprevisible, bastante intimidante… tenía porte y pinta de vikingo, andaba siempre de negro, barba tupida, pelo rubio hasta el hombro, bototos y gruesos anillos en ambas manos.

Además, hablaba fuertísimo… gritaba… y después de sus arranques podía pasarse horas encerrado en su oficina, escuchando una música rarísima a un volumen insólito… y cuando alguien lo tenía que interrumpir…  Fabian se encargaba de que nunca más lo volviera a intentar, pues con su mirada y palabras dejaba claro que estabas interrumpiendo al todopoderoso en uno de los días más importantes de la creación.

A medida que avanzaba en la historia de Fabián, notaba que Hans se relajaba, pues por mucho que lo intentara, no habían muchas similitudes con él, ni con Sergio o Fantasía S.A.

Mi cliente estaba en otra.

Bueno, después de varias conversaciones con el jefe de Fabián, logré concretar la primera reunión con éste Ragnar Lodbrok de la publicidad y si bien en el camino tuve que lidiar con varios cambios, cancelaciones y atrasos, finalmente este sujeto se hundió e hizo sufrir a mi sofá.

Al principio me miraba muy serio, pero tras escuchar en qué consistía un proceso de coaching, se echó hacia atrás y me dijo que la idea le parecía fascinante… pero para no afectar su trabajo me propuso juntarnos en una pizzería a la hora de almuerzo.

Y así partimos.

¿En un restaurante?

En otra oportunidad te contaré más de Fabián, pero te di esta larga introducción para contarte que después de varias sesiones en que no veía ningún avance en Fabián, le pedí, a modo de tarea, que cambiara de look … sugerencia que a mi cliente le pareció fascinante.

¿Cambio de look?

Sí, le pedí que hiciera un cambio radical en su forma de vestir y no le contara a nadie en la oficina por al menos una semana. Ni una explicación.

A la semana siguiente vi entrar a Fabián, ese vikingo de negro, vestido como un modelo de Benetton.

Estaba hiperventilado de felicidad y me contó que apenas le di la tarea, fue a comprar ropa de muchos e intensos colores. Ropa chillona. Pantalones naranjos, camisas rosadas, zapatillas de un color, cordones de otros.

Estaba trastornado de felicidad y hablaba aún más de lo habitual y me contó que hacía años que no se compraba tanta ropa, que no visitaba tantas tiendas… y hablaba y hablaba… desbordándose de tanto hablar y de repente me dijo que frente a las vitrinas se había puesto a filosofar sobre porqué los niños usaban ropa de tantos colores y porqué los adultos usaban colores tan grises… y… silencio…

Hans estaba extremadamente atento…

Se produjo un largo silencio… y con una voz muy pausada… muy profunda… Fabián me dijo que nunca se había dado cuenta que vestía de negro desde que se había separado de la madre de sus hijos…

¿Qué increíble no? Me dijo Fabián, no me había dado cuenta que llevo diez años de duelo.

Hans quedó mudo y tras unos minutos me dijo que ahora entendía por qué había reaccionado tan mal la sesión anterior.

Efectivamente me estoy separando, y en vez de contarte lo que me pasaba, preferí agarrarme de la rabia y usé mi bronca contra el trabajo como un escudo para no hablar de lo que más me afecta. En realidad, siempre hago lo mismo. Nunca hablo de lo que me pasa y supongo que a diferencia de Fabián, yo he vivido un largo duelo desde que me casé. Y si me obligas a más, te diría que he vivido siempre de negro, gris y algo de azul.

Se cumplió la hora y Hans me sonrió con cierto alivio y me dijo gracias, gracias por tu historia y si alguna vez vuelves a ver a Fabián… o como se llame… dile que me encantó su forma de enfrentar los cambios.

viking

Nos vemos la próxima semana.

¿Por qué siempre creemos que nos van a echar?

Los hombres no son prisioneros del destino, sino prisioneros de su propia mente

Franklin D. Roosevelt

Sí, por mucho que los jefes, el gerente de recursos humanos y el mismo coach refuercen que estos procesos son para potenciar a las personas, para desarrollar nuevas habilidades o para prepararlos para un nuevo cargo, aún así hay sujetos que juran que ahora sí que los van a echar.

Algunos caen en elaboradas teorías y en conspiraciones, pero lo concreto es que Hans, nuestro ejecutivo en consulta, no llegó con este virus… pero fue contaminado.

Recapitulando brevemente la historia, perfilamos a este alto ejecutivo, como un trabajador prusiano, serio, cuyas dificultades matrimoniales lo estaban ensombreciendo en la oficina.

Esta opacidad del colono… si bien no estaba afectando su desempeño en los números, estaba causando malestar entre compañeros y clientes y es por ello que Miguel Ángel, el gerente general de Fantasía S.A., recurrió a mis servicios.

Y Hans, como era de esperar, se tomó el trabajo muy en serio y sesión a sesión mostraba avances, cambios que el mismo Miguel Ángel me hizo ver. Sin embargo, pese a las buenas noticias, mi cliente volvió a un oscuro estado cuando estábamos a mitad del proceso, pues me reconoció que después de hablar con María Cristina, una de las principales socias de la firma, se había dado cuenta de que había caído en una trampa.

¿Cuál trampa?

Mira Sebastián, no me gustan las teorías conspirativas, pero tu sabes que María Cristina me habla constantemente al oído y si bien no he querido creerle, las evidencias hablan por sí solas.

¿Qué evidencias?

No me gusta hablar de otras personas cuando no están presentes y menos de la oficina, pero supongo que me podré tomar este espacio para hablar de tu otro cliente, el Ruso. Cuando Sergio llegó a esta consultora, me pareció un pendejo prepotente, uno de los tantos que entran y se van. Pensé que con su estilo iba a durar poco, pero supongo que mis expectativas se fueron a la basura cuando se casó con la hija de uno de los socios.

Como era de esperar, en cuestión de meses ya éramos pares. Dio lo mismo mi antigüedad y el hecho de que aunque no esté en mi descripción de cargo, yo gerencio y administro gran parte del área y del equipo, mientras Sergio se dedica exclusivamente a facturar. Aún así, mis números siempre han sido altos, pero si no hubiera sido por María Cristina, probablemente él ya sería mi jefe.

Te insisto, no le dedico mucho tiempo ni espacio a estos pensamientos, pero te mentirían si no me afectan y que de cierta medida me alegré cuando en el matrimonio de la hija de uno de los socios, hizo ése patético espectáculo, pues en esas escenas que regaló se mostró tal cual es.

Es un cosaco, arrasa y pensé que sin haber hecho nada, se estaba haciendo algo de justicia. Y todo esto pasaba mientras mi matrimonio estaba en el precipicio y ya que estamos en la sesión de las confesiones, te reconozco que las desdichas del Ruso, eran mi única fuente de alegría en esos días.

Por eso, cuando Miguel Ángel me habló del coaching y de ti, pensé que esta era mi oportunidad para mostrarme, pues siempre me han criticado que soy invisible. No me lo dicen así, pero me piden me muestre más, que me haga más marketing, que me venda.

Y pensé que iba bien, hasta que empezaste a trabajar con Sergio. Fue una sorpresa que no supe como interpretar y pese a la furia de María Cristina, logré mantenerme neutro e incluso creer que su proceso de coaching iba a ser una digna salida de la empresa. Tuve la esperanza que después de trabajar contigo, iba a renunciar o lo iban a echar.

Pero no fue así y ya hace un par de semanas que siento que se dio vuelta la tortilla y que el repunte de Sergio ha sido mi hundimiento. Contra todo pronóstico él vuelve a brillar y ahora dicen que es el ave fénix de Fantasía S.A.

¿Y eso cómo te afecta a ti?

Vamos Sebastián, no soy tan ingenuo. A ti que te gusta el tenis, esto es como cuando Djokovic subía y subía en el circuito y nadie, ni los mismos organizadores de los Grand Slam, lo reconocían cuando llegaba, pues solo tenían ojos para Federer y Nadal.

Por si fuera poco, tu amigo Miguel Ángel, a quien le encantan los autos de lujo, comparó a Sergio con un BMW chocado y largamente estacionado que, tras llevarlo al taller y hacerle unos ajustes, vuelve a demostrar su eterna categoría. Esto lo dijo en una reunión de directorio. ¿Y sabes con que auto le gusta compararme a mí?

No… no tengo idea…

Con un escarabajo. Dice que soy un modelo tan exitoso, fiel y leal, que me han mantenido por décadas prácticamente igual. En definitiva, por bueno, estable y sólido que sea, soy el auto del pueblo y nunca, haga lo que haga, estaré a la altura de un BMW, espléndida máquina, que aunque choque y atropelle a quien se le cruce en el camino, es una joya para la empresa.

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Debo reconocer que en esta oportunidad quedé mudo. La intensidad de la sesión fue muy alta y no supe que contestar. Como en el colegio, la campana me salvó y Hans con una triste sonrisa y un firme apretón de manos se despidió, pues no quería llegar tarde a una reunión.

Lo vi salir de mi consulta y no pude dejar de sorprenderme del enorme poder de las creencias limitantes de mi cliente, creencias, dado su relato, bastante comprensibles, pero aún así, muy ajenas a la realidad. O al menos, a mi mapa de la realidad.

Probablemente Hans había sido infectado por el mind-set de María Cristina, cuyas creencias actuaban como un virus en el aparato mental de mi cliente, pues hasta esa sesión, Hans era puro optimismo.

Es más, si me hubieran obligado a forzar analogías, habría dicho que mi cliente era el Roger Federer de Fantasía S.A. y que Sergio habría sido un equivalente a Marcelo Ríos.

Y si pasamos a la categoría automotriz, para mí Hans era un Mercedes Benz y el Ruso, un Mazda MX-5, ese auto auto que los gringos por allá por los años noventa, llamaban Miata.

Pero esas ya son mis creencias personales, las que por razones obvias, guardé para mis adentros, pues aún me quedaban sesiones con Hans y Sergio, además de las peligrosas reuniones con Miguel Ángel y María Cristina, a quienes no echarán, en mucho tiempo más.

¿Qué hacer con ese compañero de trabajo que bebe demasiado? (2ª parte)

Ninguna mutación o cambio tiende realmente hacia otro ser, sino hacia otro modo de ser

Giordano Bruno

Lea aquí la primera parte de la columna.

 

El mundo del coaching tiene muchas escuelas y si bien me he formado en varias, debo reconocer que mi principal fuente de inspiración es el tenis. De niño pasé horas detrás de la pantalla viendo partidos y si bien no me desarrollé como me hubiera gustado dentro de la cancha, la verdad es que los grand slam, las biografías y las noticias sobre estos deportistas me siguen hipnotizando.

Y no soy el único, pues el coaching, por mucho que se enseñe en escuelas de negocios y facultades de psicología, partió de entrenadores de tenis que pensaron en cómo seguir potenciando el juego de sus pupilos. De hecho, a quien reconozco como padre del coaching ejecutivo, fue un destacado tenista llamado Tim Gallwey.

Con estas ideas en mi bolso, empecé a trabajar con Sergio, quien después de nuestra segunda sesión me confesó que había sentido un repentino cambio.

“A penas me fui de tu consulta sentí una rabia infinita. Hacia ti, hacia la pega, hacia Miguel Ángel, hacia María Cristina. Pero sobretodo, hacia mí mismo. Salí furioso y aunque te parezca raro, me alegré por ello, pues ya estaba cansado de pasar del miedo a la depre, y de la depre al adormecimiento de las pastillas. Me cabreé y ese mismo día decidí hacer cambios”.

¿Qué cambios?

“Al principio quería dejar la cagada. Mandar a la mierda a todos en la oficina, botar todas las pastillas al water y encarar a la familia de mi señora. Estaba decidido, pero tras este subidón de energía me vino un bajón. Y curiosamente, también me alegré, pues me di cuenta que mi cuerpo me estaba diciendo que era incapaz de hacer todo esto.

Así que hice lo que tenía que hacer. Llegué temprano a la pega y no paré hasta que Miguel Ángel me echó. Y así al día siguiente y toda la semana… lo mismo. Y todo para contarte que tus planes y los de María Cristina de echarme no van a resultar. Estaba listo para enrostrártelo en la cara, cuando vi a Hans todo sonriente y me pregunté… ¿este huevón del coach también se quiere cagar a Hans?

Ahí comprendí que no. Que no me quieres cagar y que esta mierda del coaching sirve. Sirve esta huevada de hablar, pues me vine para acá para contarte que ya estoy decidido a dar la pelea y que voy a necesitar este entrenamiento, pues a ti te puedo odiar y mandar a la mierda y no pasa nada. ¿Es un entrenamiento no? Y esta huevada de hablar sin pelos en la lengua me sirve”.

La sesión siguió más menos en este tono y Sergio se despidió enérgico y agradecido. Si hubiera sido un partido de tenis, diría que el Ruso me dio duro el primer set a mí y a María Cristina. El segundo le dio con todo a Hans y al tercero se dio cuenta que todavía no tenía el estado físico para ganarlo y se retiró antes de lesionarse.

Así, las siguientes sesiones se transformaron en sucesivos duelos contra el mundo y me impresioné de la inmensa competitividad de mi cliente. Es más, cuando le conté que Garri Kasparov decía que su objetivo en una partida de ajedrez era destruir a su contrincante, Sergio sonrió de felicidad y me dijo que “ese huevón tenía toda la razón”.

Lo divertido es que yo sabía que Sergio era inexistente en el mundo de Hans, cuyo juego, más que basarse en la competencia, aspiraba a la excelencia y si caricaturizamos en una cancha, Sergio sería el Rafael Nadal de Miguel Ángel y Hans era el Roger Federer de María Cristina.

Nadal jugaba contra Federer y Hans jugaba pensando en los registros que iba a dejar para la historia.

Sesión a sesión Sergio daba increíbles avances y fue solo en cuestión de meses que su situación en la oficina se afirmó y su señora volvió a casa. Sergio no solo logró una historia de cumplimiento de un 100% en la consultora, sino que se ajustó a todas las exigencias de su señora… las que no eran pocas.

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A parte del coachingSergio estaba en terapia de pareja y en un exigente programa de rehabilitación y aunque me confesaba odiar a los psicólogos, psiquiatras y terapeutas de toda clase, les hizo caso pues ahora sí tenía metas claras en la vida: salvar su matrimonio, volarle la raja a Hans y demostrarle a esa vieja de mierda que estaba equivocada.

Miguel Ángel, gratamente sorprendido, me dijo que el cambio de Sergio parecía un milagro y que todos los socios, salvo María Cristina, estaban muy contentos de tenerlo de vueltas a las pistas, pues estaba facturando como antes. Y más.

Y Miguel Ángel, amante de las tuercas y el lujo, me dijo que le encantaba ver a Sergio trabajar“Parte totalmente destruido en la mañana y a punta de cafés, energéticas y pastillas, arranca como botando humo, agua y aceite por el tubo de escape. Ya a las 11.00 anda como avión y en la noche lo tengo que mandar para su casa para que pare, pues no solo está decidido a recuperar el tiempo y las lucas perdidas, sino que se propone tapar las bocas de todos los que lo dieron por liquidado. En serio Sebastián, da gusto verlo de vuelta, pues es como ver un viejo BMW que después de mucho tiempo estacionado, está corriendo en las pistas. Sé que todavía estamos en los ajustes, pero es tan bueno el auto, que basta un par de horas de carrera para darse cuenta que con un poco de trabajo más, ese auto le va a ganar a todos los chinos, koreanos o japoneses que recién salen al mercado. Es una joya”.

Contento con el feedback de Miguel Ángel, me despedí y me dirigí a la salida, donde me esperaba María Cristina al lado del ascensor. Con una leve sonrisa, me dijo que la próxima semana quería hablar sobre Hans y que ojalá lleve un informe de avance conmigo, pues quiere saber cuándo va a estar listo, pues aunque le cargue reconocerlo, el Ruso, ése atorrante de Miguel Ángel, ha repuntado como avión y ha vuelto a opacar a Hans.

“Sinceramente me alegro por ti y por Miguel Ángel. Me da pena la señora del Ruso y su pobre papá, pues esto es solo una cuestión de tiempo. Por ahora, puras flores para Sergio, pero ¿quien nos garantiza que en un año no vuelva a sus viejos hábitos? Ése Ruso ya no es una guagua y dudo que tan malas costumbres desaparezcan con un coaching. ¿O tú me puedes garantizar que el cambio va a ser permanente?”

Para mi fortuna, se abrieron las puertas del ascensor y apareció un sonriente Hans. Tuve ganas de abrazarlo y de bajar con él para salvarme de María Cristina, quien, en esta oportunidad, vestía de impecable negro.

Si bien esto no pasó, la presencia del colono distendió el ambiente y María Cristina se despidió con un gesto de mano. Hans instintivamente la siguió y antes de perderlo de vista me preguntó…

¿Nos vemos la próxima semana?

En términos tenísticos, las condiciones climáticas me salvaron de seguir jugando un match peligrosos e inesperado con la mujer de impecable negro. Ya dentro de la seguridad del ascensor, miré el cielo de neón y celebré la lluvia, pues sabía que la próxima semana ni la peor de las tormentas me libraba de jugar con la número uno.